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Perros de la calle reciben cuidados de manos amigas

24 sept 2017
2 min de lectura

De color café oscuro y con manchas blancas en las patas delanteras, el perro de la calle Nicolás de Rocha visita, diariamente, a sus vecinos humanos, y a veces desayuna donde ‘la seño de la tienda’, o duerme en el patio de un edificio de arriendos, según cuenta Sara Méndez, habitante de este sector.

“No tiene dueño, pero todos los vecinos del barrio le aceptamos y cuidamos de él”, comparte. Este es el caso de uno de los 15.000 perros abandonados que habitan en Cuenca, de acuerdo a las cifras obtenidas en el 2016 por el Concejo Cantonal de Salud .

En varios puntos de la ciudad, es común observar a grupos de perros aglomerarse en locales de venta de comida, donde los propietarios o clientes comparten sus alimentos, pero los animales no siempre se retiran cuando los humanos se van.

Esto pasa en las calles Francisco de Ascázubi y Alférez Manuel Cajías, donde la moradora Janeth Matute cuida de cuatro canes que llegaron a su local comercial.

“Todos son mestizos llegaron, de uno en uno, hace más de cinco años.

Les he puesto nombres, les he esterilizado y les doy comida cada día, a veces duermen en el patio y otras en un sitio cercado de la vecina”, señaló Matute.

Sensibilidad

Carmen Ávila, directora de la Fundación Rescate Animal, indicó que estas situaciones se repiten en varios sectores de la ciudad y se debe a la sensibilidad de los ciudadanos que, aunque no disponen de espacios, ayudan a que “estos animalitos tengan un mejor vivir”.

La activista manifiesta que esta no es la solución, “los ciudadanos deben hacerse responsables cuando tienen mascotas y mucho más si están preñadas, por eso la esterilización es la única vía para disminuir el índice de perros abandonados en la ciudad”.

Aceptación

El apego constante a los animales abandonados ha hecho que, en algunos casos, las personas decidan adoptarlos.

Esta es la situación que vivió Verónica Mejía, quien, junto con sus hijos, tienen cinco canes, cada uno de ellos fueron encontrados en las calles y llevados a su casa.

“A mí no me gustaban los perros, pero cuando mi hija viajó por estudios a Argentina me dejó a Simona, una perra pequeña, que ladraba siempre, pero, con el transcurso del tiempo, me acostumbré”, agregó sonriente.

Su hija Gabriela Moya asegura que su madre pasó del rechazo al amor incondicional de un perro. “Aceptó a Zul, que fue encontrada en los alrededores de la U, y a Puerca, que vino de Pasaje”, detalló.

Los miembros de esta familia concuerdan que “jugar o pasear con ellos es cuestión de acomodar horarios”.


 
 
 

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