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En crisis del covid-19: ¿Quién cuida a los que nos cuidan?

12 abr 2020
5 min de lectura

Médicos, personal de primeros auxilios, enfermeros y otros trabajadores del área componen un sector de intelecto que, si bien está comprometido a arriesgarse para salvar otras vidas, no puede sacrificarse en vano.

Así lo resume Rodolfo Rodríguez Martínez, psicólogo de emergencia y desastres del Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil.

“En estos momentos estamos haciendo contención en crisis, para que las personas puedan depurar su mente cargada de experiencias y emociones negativas, altamente impactantes y frustrantes, como la muerte de pacientes en un contexto de pandemia”.

Es, reflexiona, lo más cercano a estar en la guerra. Este abordaje no es como una consulta habitual. Son sesiones especializadas, breves, concisas (10-40 minutos), orientadas a crear un espacio para que la persona pueda desahogarse y seguir su jornada.


Es un espacio requerido a diario, después de cada guardia, para volver a casa en mejor manera o estar preparados para el siguiente día. Cuando se sienten conmocionados, los médicos y el personal de salud pública no pueden darse el lujo de darse tiempo libre, comenta, aunque en su lugar empiezan a multiplicarse los permisos por enfermedad y las renuncias.

Reacciones más comunes


Rodríguez colabora al momento con las dos líneas telefónicas de 24 horas que el Cuerpo de Bomberos ha habilitado para dar soporte a pacientes COVID-19 y sus familiares. Al mismo tiempo, brinda asistencia gratuita a profesionales médicos de tres hospitales de Guayaquil.


Pero la necesidad se extiende a todos los servidores de salud: médicos, paramédicos, enfermeras, equipo hospitalario, Fuerzas Armadas, Policía Nacional, personal de las agencias de tránsito. “Tenemos un desbordamiento de la demanda asistencial, sobrepasando la capacidad de nuestros recursos humanos”.


De su experiencia, el psicólogo menciona cuatro tipos de reacciones frecuentes entre el personal de salud:


1. Emocionales. Picos de ansiedad, impotencia (propia de la vocación del médico), frustración por la vulnerabilidad, por la información falsa, miedo (que genera reacciones de huida, congelamiento y ataque), culpa, irritabilidad (sobre todo en directivos), tristeza y anestesia emocional. En este último punto, Rodríguez establece que esto es tachado a menudo de insensibilidad: “¿Cómo puedes comer?”. “¿Cómo puedes estar tranquilo?”. “Ya no siento nada”.


2. Conductuales. Hiperactividad, aislamiento (de la familia, por miedo a contagiarlos), evitación del conflicto, verborrea, llanto incontrolado y dificultad para el autocuidado (descanso y desconexión del trabajo, con el consecuente síndrome de Burnout o desgaste profesional). “Al estar entregados a su vocación, les cuesta demasiado apagar el modo laboral. Se han desdibujado los horarios”.


3. Físicas. Dificultades respiratorias, presión alta, cefalea, mareos, contracturas musculares, taquicardias, agotamiento físico, alteraciones del apetito. “El insomnio está en despunte, así como el consumo de medicamentos para dormir”.


4. Cognitivas. Confusión o conflictos internos. “El protocolo es salvar vidas, pero se están perdiendo más de las que se salvan”. Dificultad para concentrarse y tomar decisiones, a pesar de la inteligencia personal. Pesadillas constantes (en paramédicos, intensivistas y emergencistas). Fatiga por compasión (no poder ayudar a los conocidos). Negación y sensación de irrealidad.


Los profesionales de la salud sienten profundamente la carga emocional de las últimas semanas.


La ausencia del duelo durante crisis covid-19

Los protocolos de bioseguridad han disminuido en forma drástica el periodo de luto. Esto produce angustia, dice la psicóloga Mónica Llanos Encalada. Si el ritual del duelo desaparece, no hay espedida ni cierre. Crea mucho dolor no poder realizar los últimos deseos del difunto y de la familia. “Hay desesperanza y culpa, cuestionamientos sin respuesta”. La muerte simultánea agudiza el sufrimiento.


En el caso del médico, tiene que llevar a diario esa carga del luto en pausa, mientras sigue viendo decesos durante su trabajo. “Es un peso mayor al de otro tipo de profesional”, indica Rodolfo Rodríguez. “Las personas con gran fuerza de carácter se están quebrando, porque su área psicológica está alterada y necesita recargarse o colapsan”.


El acompañamiento psicológico no cambia la realidad, pero ayuda a amortiguar el impacto. ¿Qué pueden hacer ellos y la población en general mientras llega la ayuda apropiada? “Realizar actos simbólicos”, sugiere Llanos. “Escriban una carta de despedida, digan lo que quieran decir y luego déjenla quemar. Tener una visión de la vida mucho más allá de la muerte brinda esperanza”, dice la psicóloga, quien es parte de Cel Amigo, una red de psicólogos y consejeros capacitados en abordaje de crisis que brinda atención telefónica gratuita.


¿Y orar? Sí, la fe puede ser fundamental, dice. “Reunirse con la familia de esta manera es terapéutico, actúa como una catarsis, porque ponemos en palabras lo que nos atemoriza. Exteriorizar es parte del proceso de sanidad emocional, ayuda a liberar tensiones. Si lo convertimos en parte del día a día, nos ayudará mucho más”. Aunque para algunos resultará más fácil hacerlo con un extraño, a través de una línea de ayuda.


Cuidado psicológico esencial.

Rodríguez dice que es necesario incorporarse a la psicología de emergencia y desastre, contención en crisis y emergencias, reconocida en 2012 por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“La propuesta es que el psicólogo forme parte de la rutina diaria del personal. Que el protocolo destine un momento a la contención psicológica, para que la persona sea asesorada en salud mental, pueda desconectarse e ir a casa”.

Y que en el reposo pueda acceder a consulta externa vía remota, para sobrellevar el aislamiento dentro de casa. Recomienda:


1. Cuidar las necesidades básicas del personal. Hábitos sanos: comer, descansar (no solo dormir). Escuchar música, leer un libro, tener reposo físico y mental.


2. Planificar una rutina fuera del trabajo; que esas horas sirvan para desconectarse y conectarse con sus seres queridos y con ellos mismos.


3. Capacitar para compartir información constructiva. “Explicamos cómo aplicar un filtro a lo que presentan a la comunidad, habiendo manejado sus frustraciones”.


4. Estar en contacto con la familia y seres queridos, de manera que tengan paz mental y mantengan la empatía.


5. Practicar la observación personal: ¿Cómo están mi conciencia, sensaciones y emociones? ¿Cómo estoy reaccionando según las cuatro fases mencionadas? ¿Cómo ha cambiado mi conducta? “Aceptar que son reacciones naturales y que se deben procesar a diario para que no generen daño físico”.


6. Limitar la exposición a los medios de comunicación, grupos de WhatsApp y redes sociales en exceso. “Escoja dos fuentes fidedignas, una vez al día”.


7. Aprender a respirar, hacer ejercicios, desconectarse del resto del mundo y conectarse con uno mismo.


8. Reconocimiento al equipo asistencial, lo cual no es lo mismo que llamarlos héroes. “Al sentirse desprotegidos, al ver las falsas noticias, esto se vuelve vacío. El reconocimiento es decir gracias, respetar su espacio, no importunarlos en su descanso”. Aplica también dentro del equipo de trabajo.


“Los médicos tienen familia y amigos, en el gremio hay fallecidos, no los pueden velar ni hacer luto. Más del 85 % de los médicos de primera línea van a ser infectados (por los procesos que realizan)”. Darles implementos, sí, pero también salud mental. Si no, dice Rodríguez, se verá lo que sucede en Europa: enfermedades, síndrome de desgaste, suicidios.


Finalmente, resalta la importancia de formar equipos con personal de todo nivel, y no caer en crisis de falta de personal experto, cuando este caiga.

“Queda pendiente hacer gestión de salud mental. Sí tenemos profesionales con esa cultura y aprendizaje, pero lo estamos haciendo en forma particular”, lamenta el psicólogo. “Hay buena voluntad, pero poca atención para realizarla”.
 
 
 

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